Viajar, viajar, viajar. Eso repetía mi mente como si supiera que esa era la única salida. Madrid no es un terror pero viajar hace que me sienta diferente. Esta vez viajo solo (o por lo menos por ahora) y eso hace que me desenvuelva de manera distina. Solo yo tomo las decisiones, tanto para bien como para mal. El viaje a Aspen es el comienzo de un viaje que por ahora no tiene fin.

He viajado durante 38 horas para llegar desde Madrid a Aspen, en Colorado. He tomado tres aviones y una camioneta. El viaje comienza en Barajas, en la terminal T2, del cual salgo a las 7:15 con destino a Oslo. Facturo la maleta que más tarde recuperaré en Las Vegas, mi lugar de entrada a EE. UU. Para entrar el funcionario me hace preguntas de cuánto tiempo voy a estar y porqué tengo que regresar a España. Me pregunta si tengo billete de vuelta para España (todo en un español chapurreado, pero que me hace comprenderlo mejor que el inglés) y al afirmarle que sí, me dice que no hace falta que se lo muestre. Me toman huellas de todos los dedos. Me sella el pasaporte para tres meses y otro funcionario me aparta y me hace que pase otro último control en el que pasan todo mi equipaje por un escaner para comprobar si llevo alimentos o algo ilegal. Lo paso todo con cierto nerviosismo. Pero una vez estoy dentro me siento feliz. Yo solo he sido capaz de entrar en USA. I smile.

Todo ha ido bien de enlaces hasta que llego a Las Vegas, que debo esperar tres horas dando vueltas por el aeropuerto, el cuál parece un gran casino, lleno de máquinas tragaperras. Con retraso de casi una hora salgo de Las Vegas con destino a Denver. Al llegar, ya son las 23:50 y el aeropuerto está desolado. No hay camionetas para llegar hasta Aspen y la única opción que tengo es alquilar un coche. Como no estoy descansado y no conozco el camino prefiero esperar durmiendo en el aeropuerto hasta que sale la primera camioneta de Colorado Mountain Express a las 10:30 a.m. El precio de la trans me sale por 130 dólares pero me deja tras cinco horas de camino en el complejo Marolt Runch, dónde me espera un postal nevada, como de película.

Otra vez. Y para seguir soñando que viajo, viajando.